Nuestro árbol genealógico es algo que vamos descubriendo a medida que vamos creciendo. A través de historias, del ejemplo, la convivencia, fotografías, álbumes y videos nos vamos formando una idea de lo que significa nuestra familia en particular y cómo ese roce con los otros que hacen parte de nuestro mismo árbol nos afecta.
Es natural, por como es el ser humano, que dichas relaciones a menudo estén llenas de significado pero también de complejidad: emocional, física, mental. Compartir con otro siempre es un encuentro de perspectivas contrarias o no, y la familia es el punto de arranque, la primera interacción social.
Existe un sentimiento de orgullo que se da al pesar o recordar de dónde venimos, nuestros orígenes, nuestros padres, nuestros abuelos, un abanderamiento de las causas y la forma en que están constituidas nuestras familias: una emoción poderosa que nos hace sentir que somos producto del amor, producto de la unión armónica entre dos familias. Es, en últimas, un sentimiento de bienestar.
Sin embargo, no siempre sucede así. Muchos de nosotros no nos sentimos orgullosos de nuestros orígenes, ya sea porque no podemos jactarnos del vínculo entre nuestros padres, o del resultado de la calidad de ese vínculo, o de nuestras familias, de nuestra familia materna, nuestra familia paterna y muchas veces pensar en ello, darnos cuenta de esto, nos produce un dolor tan intenso, que se vuelve una carga para nuestras vidas. Sentir que somos hijos, que somos la continuación o el producto de las personas equivocadas, nos duele tanto que para seguir existiendo en lo que creemos “buenos términos” con nosotros mismos, debemos reprimir esa sensación, mandarla al inconsciente y tratar de olvidar para avanzar, para seguir con nuestra vida formal.
Recordemos que esa gente que nace en cuna de oro, hijos de reyes que nacen como príncipes o princesas en castillos lejanos, poco existen en la realidad; también personas sin problemas familiares, dudas, resentimientos o carencias (sean emocionales o económicas) pueden existir, aunque más bien en la ficción.
Aquí, en el mundo real, si bien sería considerado un ideal de familia un matrimonio bien avenido, con todos los ritos sociales, personas y familias que están contentas porque la unión sea y que el fruto de este amor, nuestro nacimiento, sea el resultado de dos personas bien organizadas, sucede cada vez con menos frecuencia. Ese ideal, claro, podría prevenir muchas enfermedades en el corto, mediano y largo plazo. Sin embargo, debemos aceptar que los seres humanos se comportan como eso: personas que deben recorrer caminos azarosos, con retos, dificultades, que no siempre logran superar y que a menudo se equivocan.
Si bien la mayoría de nosotros no somos el resultado de una unión perfectamente armónica, organizada, establecida, de una sincronicidad entre dos familias, amor y mucho respeto, y otros, incluso, somos el resultado de circunstancias muy desafortunadas de la vida, casos extremos como por ejemplo: el resultado de una violación, hijos no deseados, crianza unilateral, abandono, etc.; no podemos desconocer que sea cual sea nuestro origen y la forma en que la naturaleza nos ha traído al mundo, “el padre creador”, “la madre tierra” o la idea religiosa/mística de nuestra preferencia, cada uno de nosotros es un ser único, especial y excepcional: un milagro que tiene todo el derecho de existir y que tiene todas las posibilidades de entregarle lo mejor a la sociedad y al mundo.
Somos producto de la más baja probabilidad, de millones de espermatozoides que no lograron fecundar, de coincidencias, sincronías y muchas posibilidades que se fueron alineando una a una para llegar a nosotros, nuestra casa, nuestra familia… nuestra realización. Entonces somo una oportunidad: no solo nosotros sino también nuestros hijos, nuestros descendientes, nuestros nietos. ¿Qué pasaría si nosotros o alguno de nuestros hijos o nietos sea alguien absolutamente fundamental para cambiar el rumbo y toda la historia de la humanidad?
Entonces, si somos una infinita y maravillosa posibilidad, este sentimiento de renegar sobre nuestros orígenes no es consecuente ni adecuado, es un sentimiento que no tiene sentido alguno. Absolutamente todos, incluso aquel ser humano que haya nacido en las circunstancias más difíciles, más negativas, es un milagro y tiene una cantidad de características y cualidades que la humanidad y la vida se han demorado millones de años en construir y alinear, todo para dar como resultado un ser excepcional como cada uno de nosotros.
Todos tenemos un papel a desarrollar, un rol, una oportunidad de hacer el bien, de marcar una diferencia positiva en los demás, en nuestra sociedad y en el mundo, de manera que cada uno de nosotros no solo tiene el absoluto derecho de existir, sino que también tiene el derecho de gozar de lo mejor de la vida.
Debemos ser consciente de esto: si algo de nuestros orígenes nos duele, si algo de nuestro árbol genealógico no nos hace sentir orgullosos, así nuestro padre o nuestra madre fueran el peor criminal de la humanidad, debemos entender que así, sin ellos, no podríamos existir, no podríamos aportarle cosas positivas a la humanidad. Incluso dentro de una cadena de múltiples eslabones, de varias generaciones en las que hubo, en algún punto, personas que eligieron dañar, personas que se equivocaron, personas con maldad, aún ahí hubo y habrá personas que eligieron obrar bien, que solucionaron, que lucharon y siguieron adelante, que persistieron para y por la vida, y así la humanidad cada vez crece más, y nosotros podemos ayudarla a crecer: podemos elegir la vida.
Aparte de nuestros orígenes, aparte de las dificultades que atravesamos una vez con nuestras madres o con nuestros padres, aparte de sus conflictos como núcleo familiar, como pareja, o de los conflictos que creemos con ellos, la invitación es a encontrar motivos de orgullo en nuestra sangre, nuestro origen, nuestro árbol.
Debemos sentirnos bienvenidos por la vida, bienvenidos por la naturaleza, somos un gran milagro, un privilegio y debemos transmitirle todo eso a nuestros futuros hijos, enseñarles a asumir la gran responsabilidad de aportar todo lo mejor a la sociedad, a disfrutar y gozar del placer de obtener las mejores cosas de la vida haciendo el bien, trabajando por y para la vida: esto se logra no solamente reprimiendo sentimientos negativos, sino trabajando en nosotros mismos, en nuestras emociones. Si no nos esforzamos y seguimos reprimiendo y negando nuestra familia, nuestro origen, el estrés, el dolor, el duelo nos puede llevar a la enfermedad.
Para evitar, en lo posible, la enfermedad, debemos reconocer como importantes nuestros vínculos, nuestro árbol genealógico y las ceremonias sociales, ceremonias que legitiman las uniones, que dan la bienvenida, que concluyen. Sin importar nuestras creencias religiosas/místicas, debemos procurar formalizar las uniones, formalizar las bienvenidas y la integración de nuestros hijos a la sociedad, ritos sociales como por ejemplo, las ceremonias religiosas de bautizo. Estos ritos no existen por mera casualidad, cumplen un rol en las sociedades, ayudan a legitimar en nuestra alma un sentimiento de pertenecer a una comunidad, de ser aceptados por ella, de ser bienvenidos por ella, de ser el resultado de algo positivo y todo ello sumado, puede prevenir y evitar muchas enfermedades.
Démosle la bienvenida a la vida en todo su esplendor: reconozcamos de dónde venimos y así encontraremos lugares y horizontes para el futuro.